Nuestra Historia

Lo que hoy en día es el IES “Ramón Areces”, nuestro centro educativo, echa a andar en las instalaciones actuales en septiembre de 1979. Inicialmente concebido para la Formación Profesional, se han sucedido en el tiempo diferentes enseñanzas, leyes y planes educativos. Recopilamos aquí los recuerdos de tres veteranos profesores y Jefes de Estudios. Gracias Carlos, Paco y Alfonso por el relato de tantos años.

LOS INICIOS

Los inicios nunca suelen ser fáciles, y en el caso de nuestro instituto no fue una excepción. Las clases se iniciaron con las obras de construcción aún sin terminar, con falta de profesorado, de personal administrativo, etc. El primer curso tuvo que impartirse en las antiguas escuelas del colegio Sagrado Corazón (actualmente sede de la Escuela de Música de Grado), que en aquella época era un edificio abandonado y prácticamente en ruinas. En ese primer curso que comenzó en septiembre de 1978, bajo el nombre de Centro Nacional de Formación Profesional, se impartieron únicamente los estudios de Técnico Auxiliar  de FP I (formación Profesional de Primer Grado) de la entonces llamada rama de Administrativo. El siguiente curso -1979/80 - ya se inició en los actuales edificios, aumentando la oferta educativa con dos grupos de 30 alumnos para Técnico Auxiliar de Mecánica del Automóvil, y un grupo de 30 alumnos para Técnico Auxiliar de Electricidad del Automóvil, ambos estudios pertenecientes a la rama de Automoción.

Con aquellas obras sin terminar el primer trimestre se fue superando gracias a la colaboración de todos los profesores y alumnos: la limpieza de los restos de escombro procedente de las obras, la instalación de nuevas máquinas, la distribución de los talleres de Automoción y Agraria, del laboratorio y de la biblioteca, la recepción del material escolar que iba llegando poco a poco, el montaje del gimnasio en el actual Salón de Actos, etc. Fueron todas ellas tareas en las que nos implicamos con mayor frecuencia de la deseada para un centro educativo, si bien es cierto que todos esos contratiempos los superamos con la buena disposición y la ilusión de todos.

En los siguientes cursos académicos el centro educativo pasaría a denominarse “Instituto de Formación Profesional”, y se fue incrementando progresivamente la oferta educativa con los estudios de Delineación y de Agraria en FP I (de dos cursos de duración), los de Técnico Especialista en Automoción y Técnico Especialista en Administrativo, así como los de Secretariado (de tres cursos de duración). También se empezaron a ofertar los estudios de FP II de Técnico Especialista en Informática de Gestión, que tuvieron una gran aceptación, especialmente entre los alumnos que previamente habían cursado el bachillerato.

El horario de las clases, si bien tuvo varios cambios, era de jornada partida, de 9:20 a 13:30, y de 14:40 a 17:30 horas. Lógicamente era un horario muy condicionado por la dispersa procedencia geográfica de los alumnos. A medida que pasaban los cursos se fue completando la dotación del centro con la llegada nuevo material educativo: máquinas de escribir, retroproyectores, proyectores de opacos, dotación completa de laboratorio, mesas de trabajo para Automoción, equipos de comprobación y diagnosis, elevadores, los primeros equipos informáticos, una potente antena parabólica, etc. Así, poco a poco el centro se fue asentando en Grado con un aumento paulatino de alumnos que llegaban también de otros concejos como Belmonte, Salas, Tineo, Cangas del Narcea, Quirós y Teverga. En el curso 1991/92 se implantó el llamado “Bachiller General” en el marco de una reforma educativa experimental, con una duración de dos cursos académicos para los alumnos que procedían de octavo de EGB. En cada evaluación los alumnos recibían un novedoso y complejo sistema de calificaciones de modo que en la calificación de cada asignatura, además de la correspondiente nota de materia, había hasta nueve valoraciones más, de los entonces denominados “objetivos comunes”.

Desde los primeros cursos el centro se caracterizó, y no era lo habitual en aquellos tiempos, por intentar ofrecer a sus alumnos variadas actividades complementarias y extraescolares como excursiones, visitas culturales, rutas de montaña, charlas sobre temas de actualidad o actividades deportivas. Claro que eran otros tiempos y muchas de ellas se realizaban los sábados, contando con la colaboración de buena parte del profesorado. También durante esos primeros años se iniciaron los intercambios culturales con alumnos de otros países. Los primeros se realizaron con alumnos de un centro educativo francés, de la localidad francesa de Concarneau, y posteriormente se hicieron también con alumnos de Cornualles (Inglaterra). Con el paso del tiempo estos intercambios se irían consolidando y ampliando a otros países: Alemania, EE.UU…, hasta el punto de que fue necesaria una pandemia mundial para interrumpir, al menos por un curso, el desarrollo de tantas actividades extraescolares de las que muchos alumnos pudieron disfrutar.

                                                                                                                                    Carlos Argüelles

LA LLEGADA DE LA ESO

Con la institucionalización de la ESO, la dirección del instituto percibió la ocasión perfecta para elevar el nivel del centro realizando una activa campaña de captación de alumnado y profesores, que provenientes de de la EGB, iban a trasladarse a los IES. El objetivo básico era simple pero ambicioso: conseguir y mantener un instituto con la más alta calidad instructiva posible, en la vanguardia de la innovación educativa, apoyado por instituciones privadas, como la Fundación “Ramón Areces” (el nombre del centro es claro), y con un cierto aire vital más europeo que hispánico.

                Se impulsó la innovación educativa y se apoyaron iniciativas didácticas que se adelantaron a  su tiempo. Por citar algunas, señalaré la apuesta por la Formación Profesional y la introducción de lo que luego se ha llamado “Nuevas Tecnologías Educativas”. A principios de los ochenta del siglo pasado ¡ya se daban cursos de Informática a profesores!, los programas Platea, Mercurio y Atenea, o la promoción de los idiomas hasta institucionalizar los intercambios con otros países.

Asimismo, se realizó una defensa muy seria de los alumnos frente a sus inseguridades, contra los abusos de sus semejantes y también frente a los intentos reduccionistas de la administración en las optativas de Bachillerato. Otro aspecto muy importante, fue la lucha constante por la consecución de un ambiente de trabajo positivo para todas las personas implicadas en el centro. Todo eso significó enfrentarse  con decisión a las carencias de medios materiales, a la miopía institucional, a los intentos de división y a la actitud estudiantil perversa de una minoría.

                                                                                                                                         Francisco Montesinos

Y 30 AÑOS NO ES NADA…

Y dice el tango qué es un soplo la vida… qué 20 años no es nada. ¡Pues 30 aún son menos! 30 años de trabajos, de historias, de sonrisas y de lágrimas. ¡Cómo resumir el tiempo qué pasó como el soplo de ese tango hermoso! Lo mejor será abrir el baúl de los recuerdos y que estos se desparramen a su antojo, intentar recomponerlos y que sea lo que Dios quiera.

Para mí la relación con el “Ramón Areces” comenzó una calurosa mañana de principios de septiembre, allá por 1992. El año de la modernidad, de la EXPO, de las Olimpiadas de  Barcelona o del AVE, y el año también de dudosas mascotas, como COBI, una especie de perro, o algo parecido, y de Curro, a medio camino entre pájaro y unicornio. En aquella primera mañana me sentí como un niño pequeño que por primera vez llega a la escuela. Recuerdo que aparqué en Grado y le pregunté a un hombre dónde estaba el Instituto de FP, a lo que él contestó: “¿el de formación?... tapa allí… al lao del cementerio”. Yo, por agradecerle el detalle, o por hacerme el importante, le comenté que era profesor y que iba a trabajar en ese centro. Entonces lanzó la siguiente exclamación: “¡¡¡Home así que vas a poner clase en formación, yo tengo un sobrín estudiando mecánica allí!!!” No le contesté, sonreí y empecé a pensar que sería eso de “poner clase en formación”. Sin saberlo, ya estaba mi mente reproduciendo esa mítica expresión moscona que se repite generación tras generación entre el alumnado: !!NUN SE¡¡

En aquel curso tan especial llegamos al centro un montón de profesores, que aun siendo de pelaje variopinto, teníamos algo en común; éramos, salvo alguna honrosa excepción, profesores jóvenes en su primer destino, de aquello que llamaban “asignaturas comunes”, y por qué no reconocerlo, también un poco pipiolos. Quizá por eso de ser “los nuevos” surgió entre nosotros un sentimiento de solidaridad pedagógica. Y eso que he de reconocer que los compañeros más veteranos, de la vieja guardia, nos acogieron con los brazos abiertos; así el aterrizaje no se cobró ninguna víctima. En el campo profesional el 92 fue un curso muy especial, estábamos en plena implantación de una reforma, que, 30 años después, parece prolongarse cual círculo vicioso. No era tarea fácil convertir los antiguos centros de Bachillerato y FP en Institutos de Educación Secundaria, cambiar al  modelo de educación obligatoria, diversificar los bachilleratos y lanzarse a una nueva Formación Profesional. El reto estaba allí y allí estábamos nosotros.

La verdad es que teníamos medios realmente punteros para la época: televisión y video en cada aula, talleres estupendos, y ya en 1993 un “super-polideportivo” vinculado al mecenazgo de la Fundación Ramón Areces, que si bien entonces como ahora es capaz de transportarte durante los meses de invierno al corazón de la estepa rusa. Aunque durante muchos años, ese frío, debido a una deficiente calefacción, también asoló aulas, pasillos y rincones escondidos. Aquella temperatura heladora era especialmente temible en el coloquialmente llamado “edificio de enfrente”. Todavía recuerdo imágenes como de posguerra, en las que alumnos y profesores tiritábamos embutidos en variadas prendas de lana (aún no había llegado a nuestras vidas el confortable forro polar). Dicha imagen la rescatamos, a nuestro pesar, con la obligada ventilación pandémica. En fin..., hablo de una modernidad que hoy suena entrañable, pero que rápidamente se fue quedando obsoleta bajo los designios amenazantes de las nuevas tecnologías. Por eso las viejas diapositivas y las cintas de viedocassetes, guardadas con devoción, hace tiempo que duermen el sueño de los justos. Los noventa fueron años de cambio en los que muchos tuvimos que hacer aquello que mi querido compañero y Jefe de Departamento sempiterno, José Manuel, decía con sorna: “¡Cámbiate el chip!”

Tirando de ese hilo debo hacer mención a dos elementos que, sin ser novedosos en la reforma, fueron vitales. Me refiero a las Programaciones Didácticas que pasaron de ser apenas unas hojas con lo básico, lo que viene a ser un Dacia Sandero -sencillo pero eficaz-, a convertirse en verdaderos tratados pedagógicos de decenas de folios en los que se incluía desde apartados filosóficos y existenciales (cómo, por qué, cuándo evaluar) hasta complejísimos apartados, subapartados, cuadros, tablas,….y partes contratantes de la primera parte, cual BMW repleto de comandos y lucecitas hechas para deslumbrar. Y envolviendo todo esto apareció un nuevo lenguaje pedagógico repleto de extrañas expresiones como “propedéutico”, “disruptivo”, “sumativo” o “gamificación”, que aún hoy en día me está constando asimilar. Así, en poco tiempo, nuestro Instituto fue perfilando su nueva oferta educativa: segundo ciclo de la ESO, Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales, Científico-Técnico, y una transformada Formación Profesional. La verdad es que los recuerdos de aquellos primeros años en él son luminosos y amables. A pesar de tanta novedad, el clima de trabajo fue muy positivo, llevadero y diría que hasta feliz, discrepancias incluidas. Reinaba un ambiente de buen humor, de risas inteligentes y de sano compañerismo aderezado con mucha  ironía. Todo esto contribuyó a que, aparte de la vida profesional, hubiese una interesante y notable vida social: comidas con largas sobremesas y cenas con bailoteo fueron frecuentes. También vivimos el devenir de nuestras vidas: noviazgos, matrimonios, nacimientos, compra de pisos, hipotecas de esos pisos... y  alguna que otra ruptura. Se podría escribir un libro entero con anécdotas de entonces, pero eso sería otra historia.

Los cursos se fueron sucediendo y el marco académico del centro consolidando. A finales de aquella década se implantó el primer ciclo de la ESO, con la incorporación de profesores de primaria que nos aportaron una perspectiva diferente. Asimismo se fueron perfilando los ciclos formativos, es decir la nueva FP, que implicó también la desaparición de la rama de administrativo y la marcha de algunos compañeros. Como complemento a esta oferta, el instituto se embarcó en múltiples programas didácticos que nos pusieron a la vanguardia de Asturias. Fueron muchísimos, pero por su importancia destacaríamos el programa bilingüe que potenció la ya existente política de intercambios, y que permitió a muchos de nuestros alumnos recorrer media Europa y llegar incluso hasta el viaje a Nueva Zelanda. En mi caso pude ir a Finlandia, donde curiosamente todo el mundo hablaba finlandés o finés y no inglés, como me habían dicho. Allí conocí su avanzado sistema educativo, llegando a la interesante conclusión de que nosotros no éramos tan malos. Pero hubo otros muchos proyectos y actividades extraescolares. De los más entrañables el del Aula Vital o el huerto escolar. Empezamos a realizar los Viajes de Estudios a Italia, que se convirtieron en un clásico. Al final, entre tanta excursión, viaje de intercambio y folklore vario, el Instituto parecía “Viajes Mariano, o mejor  “Viajes Nieto”, nuestro “autobusero” de referencia durante tantos años.

El tiempo iba transcurriendo y llegamos al año 2000. Nuevo siglo, nuevo milenio y nuevas historias. Quizás de este momento lo más destacable fue el desarrollo de la atención a la diversidad, y sobre todo ese proceso de digitalización que para algunos de nosotros, fue y sigue siendo, una auténtica tortura, que aún hoy me hace agradecer a compañeros, incluso alumnos, su ayuda en trances tan difíciles como poner pantalla completa. Con los programas educativos como el de PMAR se intentó ayudar a los alumnos con problemáticas más agudas. De modo que la educación pudiera convertirse en un verdadero motor de promoción y en un mecanismo para progresar en todos los sentidos. Siguen pasando inexorablemente los cursos, llegan nuevos compañeros, algunos se quedan y otros transitan solo para acabar marchándose. Y así entramos en la segunda década del siglo XXI, y es entonces cuando se produce uno de los hechos más importantes que van a dar una identidad singular, casi única diría yo, al Ramón Areces: nuestro Musical. Hasta ahora no he dicho nombres, para que los no citados no se ofendieran, pero aquí tengo que hacer referencia a las personas que han hecho posible este acontecimiento anual, que nació vinculado al Acto de Graduación de 2º de Bachillerato. El musical es glamour, taconazos, vestidos imposibles, jóvenes de traje y corbata, padres orgullosos, madres emocionadas, inspectores rendidos y hasta alguna que otra autoridad de relumbrón. Sin duda Cristina es el alma mater de este proyecto, el referente como se diría ahora, preclara y enorme organizadora que logra año tras año hacer funcionar a una tropa variopinta de profesores y alumnos, para que al final todo ruede, entre imperfecciones, a la perfección. Junto a ella militan Laura, la firme lugarteniente, disciplinada y metódica, y nuestra querida María José, trabajadora incansable y encargada de tantos detalles imprescindibles. Todos los días echamos de menos a esta valiente jubilada. También está Noelia, talentosa coreógrafa, siempre dispuesta a una fiebre de sábado noche, y Carmen, nuestra artista, capaz con recursos mínimos de crear ambientes maravillosos, bien sea de la movida madrileña, de la Arabia de las Mil y una noches, o de un sórdido orfanato neoyorquino en los años 30; todo es posible con su desbordante imaginación. Y luego está esa Rosa, atenta a todo y que añade a su firme dulzura, una inmensa capacidad de trabajo. Y por último “los técnicos”, Manolo y Toni, que ponen a disposición del proyecto sus conocimientos y su buen hacer para que todo engrane a la perfección. El resto estamos ahí, a sus órdenes, colaborando en lo que podamos para hacer que cada año este milagro se produzca.

Ya nos vamos acercando al final. Sin duda nuestras últimas experiencias docentes se han visto marcadas a fuego por el COVID, que nos ha obligado a una transformación en los modos de enseñar, pues las nuevas tecnologías nos han permitido, con mucho esfuerzo, ir sacando adelante los dos últimos cursos en condiciones complicadas. Pero esto mismo ha servido también para valorar la importancia de las clases presenciales, y el  contacto entre profesores y alumnos. Parece que un ordenador no lo es todo y que todavía no somos prescindibles, y en esas estamos: a la expectativa de tiempos inciertos.

No quiero concluir esta semblanza sin hacer un hueco en la memoria para recordar a los compañeros que por desgracia se han ido para siempre dejando un sentimiento de vacío en nuestras vidas, y para citar a esos otros compañeros, los no docentes, imprescindibles para que esto funcione. En Secretaría Montse, bondad y eficiencia personificadas, en Consejería nuestras queridas bedelas Rosa y Elisa, haciendo el trabajo de 10 minutos en 5, y en las tareas de limpieza las chicas y chicos que junto a los demás hacen que este centro, desde mi punto de vista, vaya bastante bien. Y por supuesto, a Flei, nuestro chigrero y cafetero, quien regenta ese lugar donde entre tantas horas de guardia, de reunión de tutores, de Juntas de Evaluación, de grupos de trabajo o de reuniones de departamento hemos arreglado el mundo, filosofado sobre lo divino y lo humano, y en fin... contemplado con nuestros propios ojos cómo se arrastra el tiempo. Solo me queda ya recordar a tantas generaciones de alumnos, de personas que han sido, son y serán los verdaderos protagonistas de este cuento “no moralizante”. Hasta aquí hemos llegado. Nos espera el futuro que, como decía ese genio que es Forrest Gump, es como una caja de bombones en la que nunca sabes qué te va a tocar. Esperemos que no sean los más amargos. Gracias por vuestro tiempo y  HASTA LA PRÓXIMA AMIGOS.

                                                                                                                                                              Alfonso Martínez