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Las Bacantes, de Eurípides: "No levantes las armas contra un Dios"

06/05/24

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Artículo realizado por la alumna C.P, de 2º Bachillerato y que será incluido en el próximo número de La Voz del César. Actividad organizada por los departamentos de Latín y Griego y promocionada por el proyecto ComunicArte.

 

LAS BACANTES, DE EURÍPIDES: "NO LEVANTES LAS ARMAS CONTRA UN DIOS"

El pasado martes, 16 de abril, los alumnos de Latín, Griego, Literatura Universal y Teatro de 4º ESO y 1º y 2º de bachillerato tuvimos la suerte de poder asistir al XXVII Festival Juvenil de Teatro Grecolatino, que se celebra cada año en el Teatro Jovellanos de Gijón. Fuimos a ver la representación de Las Bacantes de Eurípides por el grupo Noite Bohemia, al que algunos ya conocíamos por su representación de Medea el año pasado. Como no podía ser de otra forma siempre que se trata de teatro clásico, se convirtió en una experiencia que ninguno de nosotros va a olvidar.

Dioniso, hijo de Zeus y la mortal Sémele, después de implantar sus ritos por toda Asia Menor, acude a Tebas, la primera de las ciudades helenas donde pretende instaurar su culto. No es casual su elección: de Tebas era su madre, hija del rey Cadmo, que murió fulminada por el rayo de Zeus antes de dar a luz, a causa de la crueldad divina de Hera. Zeus rescató a Dioniso del cuerpo de su madre y se lo cosió en el muslo hasta que llegó la hora de su nacimiento; de ahí que a Dioniso se le conozca como "el nacido dos veces". Pero ahora sus tías Ágave, Ino y Autónoe, hermanas de Sémele, proclaman que Dioniso no es un dios, y que su madre, unida a cualquier mortal, culpaba a Zeus de su lujuria. Entonces Dioniso, dispuesto a devolver el honor a su madre, infunde a todas las mujeres tebanas la locura báquica, y éstas, abandonando sus hogares, se unen a su comitiva de bacantes y ménades, que danzan en pleno éxtasis en el monte Citerón, ataviadas con los tirsos, coronas de hiedra y pieles de cabrito, y se comportan como animales salvajes.

El rey de Tebas es ahora Penteo, hijo de Ágave y nieto de Cadmo. Pese a las advertencias de su abuelo y del adivino Tiresias, que comprenden que no pueden los mortales oponerse a los designios de un dios, Penteo se niega a reconocer su divinidad y se propone castigarlo. Dioniso se vengará de Penteo, no sin antes engañarlo y humillarlo. Le dice que, antes de lanzarse al ataque de las bacantes, convendría espiar sus movimientos. Penteo accede, e incluso conviene con Dioniso en vestirse de mujer para no ser reconocido. Cuando las seguidoras del dios lo ven, enloquecidas, se abalanzan sobre él y lo despedazan vivo con sus propias manos. Ágave, que las lideraba, entra en la ciudad con la cabeza de su hijo ensartada en el tirso, pensando que ha cazado un león. Cuando vuelve en sí, se derrumba al ver el rostro de su querido hijo Penteo, pero Dioniso, lejos de apiadarse de su sufrimiento, dejará caer su ira sobre toda la estirpe de Cadmo.

Eurípides (484 - 406 a.C.) tenía ya setenta años cuando escribió Las Bacantes, su última obra, y se encontraba en su exilio voluntario en Pella (Macedonia), en la corte del rey Arquelao. Se habían desvanecido sus sueños sobre su ciudad, Atenas (aunque había nacido en Salamina), que le dio la espalda por no perdonarle las denuncias contra la injusticia que manifestó repetidas veces en su obra, a él, que había sufrido la larga y dura Guerra del Peloponeso. Las Bacantes plantea un difícil problema: Eurípides había sido discípulo de los sofistas, y siempre había puesto en duda los valores tradicionales, que aprovechaba en sus obras para poner de relieve las miserias y los defectos humanos. En esta obra, sin embargo, critica a los primeros y ensalza el valor de las antiguas tradiciones y de las leyes divinas sobre las humanas. Esta aparente contradicción puede entenderse de dos maneras: el poeta pretendía ridiculizar el mito y los excesos de la divinidad, o deseó expresar su vuelta a la tradición religiosa.

Las Bacantes cuenta la historia de un mortal, Penteo, que, ajeno a los consejos de los sabios, se atreve a oponerse a la voluntad de los dioses. Su falta se conoce como ὕβρις (hýbris): la impiedad, la soberbia, la desmesura del orgullo y la arrogancia. Penteo ha cruzado una línea roja al pensar que puede desobedecer los designios divinos, ha confundido la autoridad del rey, las leyes mortales, con las divinas, y esa falta no puede quedar sin castigo, sin némesis (νέμεσις) implacable por parte de Dioniso, que además no caerá sólo contra él, sino también sobre todos los suyos.

Al final de la obra, Dioniso ha demostrado a todos los que dudaban de él que, efectivamente, es un dios, y para ello no ha dudado en utilizar todos los medios a su disposición, incluso el dolor y la muerte. Los dioses griegos son egoístas y vengativos y no hacen distinciones, ni siquiera para con quienes los han ayudado: Ágave había participado en sus ritos, y sin embargo deberá vivir para siempre con el dolor y la culpa por la muerte de su hijo; Cadmo había advertido a su nieto de que cometía un error, y eso no lo eximirá del destierro. Y es que Dioniso es un dios extraño y ambiguo; puede ser muy dulce para los mortales, cuando con su licor les hace olvidar las cotidianas penas, pero puede ser terrible cuando se le ofende. Es el dios del vino, pero también del teatro y la alteridad. Ambos están muy relacionados en la mentalidad griega: bajo los efectos de la bebida, nadie es uno mismo.

Eurípides es el trágico que mejor supo llevar a escena las pasiones humanas. Las Bacantes se representó por primera vez en el 405 a.C., y su autor recibió a título póstumo el primer premio en los concursos teatrales de la ciudad de Atenas. Casi 2500 años después, puede parecer que todo lo clásico forma parte del pasado; hay quien piensa que está muerto. Sin embargo, no me lo pareció cuando, al terminar la obra, como cada año, todo el mundo se levantó a aplaudir - ¿cuánta gente habrá hecho lo mismo a lo largo de los siglos? - y a comentar las palabras que Eurípides escribió hace tanto tiempo. Las Bacantes, al igual que muchas otras obras clásicas, sigue representándose y llenando teatros en todo el mundo, y nosotros, en un lugar y un momento que Eurípides no pudo ni siquiera imaginar, seguimos estudiando su obra y acercándonos a ella con emoción. Ese es el poder del teatro clásico: sigue hablando de nosotros, y no sólo no está muerto, sino que es inmortal.