Estamos encantados de compartir una noticia que nos llena de orgullo: nuestra alumna Olaya Rodenas, de 2º de ESO del CPEB Aurelio Menéndez, ha obtenido el segundo premio en el prestigioso XXV Concurso Infantil de Cuentos organizado por la Asociación Cultural El Carpio de Grandas de Salime.
Su relato titulado “Aquel extraño” ha sido reconocido por el jurado por su originalidad, sensibilidad y capacidad para atrapar al lector desde las primeras líneas. En esta vigésimo quinta edición del certamen, que celebra la creatividad literaria entre los más jóvenes, el cuento de Olaya destacó entre numerosas obras presentadas por escolares de toda la región.
Este galardón no solo es un reconocimiento al talento narrativo de Olaya, sino también al esfuerzo constante que muestra en el aula, y a su pasión por las letras. Desde el CPEB Aurelio Menéndez queremos felicitarla calurosamente y animarla a seguir escribiendo, soñando e inspirando con sus historias.
¡Enhorabuena, Olaya! Todo el centro celebra contigo este merecido logro.
AQUEL EXTRAÑO
Año 1425. Montañas de Ibias.
El sol de la tarde se ocultaba lentamente entre las montañas, proyectando luz naranja sobre la aldea de Centenales. En el aire se olía el aroma fresco de la tierra mezclado con el olor de las viñas, que se extendían a lo largo de los prados empinados como un manto verde que cubría el paisaje. Los habitantes del pueblo lo sabían: que la aldea estaría de celebración, era la época de la vendimia, una época superimportante para los agricultores y, especialmente, para los que producen el vino que siempre se apreciaba en las tabernas cercanas y en las comidas de los ricos.
En la taberna de don Rodrigo, el viejo bar donde los viajeros descansaban y los aldeanos se reunían al final del día, se preparaba una fiesta especial. Los barriles de vino, recién cerrados y apilados en la bodega iban a ser destapados por la noche. El vino tinto, de sabor profundo, tan profundo que emborrachaba a más de un joven con una sola copa, estaba listo para ser servido junto a los platos de cordero y pan. Don Rodrigo, hombre de pocas palabras y de mirada penetrante, dirigía los preparativos con la experiencia de años de trabajo duro y monótono.
"Que no falte vino" -dijo ordenando a su hijo Álvaro que se asegurara de que cada copa estuviera rebosante de vino tinto.
-Padre, la vendimia ha sido excelente este año. El vino será lo mejor de esta noche ¡Los nobles querrán comprarnos a su paso por la montaña! -respondió Álvaro mientras ajustaba el delantal y se aseguraba de que el fuego de la chimenea no se apagara.
Los dos hombres compartían la tradición del cuidado del vino, la herencia de los antepasados que, generación tras generación, habían cultivado las viñas en esas mismas tierras. Don Rodrigo, viejo y algo encorvado, era un hombre fuerte. Su rostro dorado por el sol y los años de trabajo de campo reflejaban una vida dura, pero a la vez feliz. Álvaro, por su parte, era un joven atractivo, con la mirada alegre y llena de sueños que aún no entendía todas las dificultades del oficio, pero sabía que el vino era lo que mantenía viva a su familia.
Aquella noche, como era costumbre, los músicos llegarían con sus laúdes y flautas y los aldeanos se agruparían en la plaza central para cantar y bailar. Pero algo más estaba en el corazón de Álvaro. En el fondo de su alma sabía que la vida en la taberna no era todo lo que quería. Había algo más aparte de los barriles de vino y las fiestas, algo que no podía explicar, pero que aparecía noche tras noche en sus sueños.
El joven miraba la copa de vino que tenía en frente de él. La luz de las velas se reflejaba en el borde del cristal, haciendo ver destellos rojos y dorados. Sentía un lazo profundo con el vino. No era solo una bebida; era la historia de su tierra, de su familia, de todo el esfuerzo en los campos de uvas, pero, al mismo tiempo, el vino era también una razón para cerrarse, un vicio del que no sabes si quieres formar parte para siempre.
Esa noche un desconocido se acercó a la taberna. Era un hombre alto, de pelo oscuro y con una capa que se arrastraba por el suelo empedrado. Los aldeanos lo miraron con curiosidad, pero nadie se atrevió a hacerle preguntas. El hombre se acercó directamente a don Rodrigo.
-Soy Ferrán de Cecos- dijo en voz baja-. Vengo a comprar vino.
Rodrigo lo observó. Los nobles no solían aparecer en lugares como ese, y mucho menos en tiempos de cosecha. En esos días la nobleza compraba a los grandes comerciantes para hacerse con los mejores caldos, fabadas y corderos del concejo. Pero algo en el hombre hacía pensar que no era un noble normal.
-¿Qué tipo de vino busca, señor? -preguntó don Rodrigo, sonriendo con amabilidad.
-Busco un vino con una historia -respondió Fernán con voz grave-, un vino que no sea solo un capricho.
Don Rodrigo frunció el ceño, intrigado por las palabras del hombre.
-Aquí tenemos lo mejor de la cosecha: buen vino y buen sabor –dijo señalando los barriles-. Pero el vino no habla, solo se bebe.
El extraño sonrió ligeramente, como si hubiera entendido algo que los demás no veían.
-Lo que usted no sabe es que el vino tiene su propio hablar. Si uno sabe escuchar, escuchará.
Álvaro, que había estado escuchando la conversación de su padre, sintió un escalofrío al oír las palabras del hombre. No sabía por qué, pero el tono de Ferrán le causaba un poco de miedo.
- ¿De qué habla? -preguntó Álvaro, interrumpiendo la conversación.
El hombre se giró hacia él y lo miró profundamente.
—Habla usted del vino como algo que se bebe. Pero hay algo más. ¿Nunca ha notado cómo el vino cambia dependiendo del tiempo en que se bebe? ¿Cómo cada cosecha es diferente? El vino no solo es solo uva; refleja el alma del que lo bebe y también del que lo vende y del que cosecha la uva desde que solo es un pequeño retoño indefenso del invierno.
Álvaro quedó sin palabras ante el parlamento del hombre. El vino era la razón de su vida, pero esa forma de verlo le parecía nueva, casi inimaginable. Nunca había escuchado algo así. Parecía de las historias que contaban los borrachos del pueblo, pero había algo muy distinto a esas historias que fueron producto de imaginación: una farsa con un poquito de realidad.
Don Rodrigo no parecía tan impresionado como su hijo. Cogió una copa de vino y se la entregó a Ferrán.
-Entonces, ¿por qué no prueba este? Es de la última vendimia. A ver si tiene algo que decirle.
Cuando Rodrigo dijo eso, todos los habitantes del pueblo se echaron a reír. El extraño tomó la copa y la levantó, como si la estuviera observando. La luz del fuego iluminó el vino de su interior y él suspiró.
-Un buen vino -dijo-, pero no es lo que busco. Busco el vino que diga mucho más de lo que aparenta, que hable del trabajo de las generaciones que hay detrás de esa elaboración perfecta, el que lleva una historia tan profunda que tengas que repetir varias veces para entender.
Álvaro se sintió repentinamente intrépido.
- ¿Y cómo sabremos cuál es el vino? -preguntó.
El extraño miró fijamente al chico.
-Solo el que busque el vino perfecto podrá entender lo que es el vino de verdad. Pero no te preocupes, joven. El vino tiene una voz tan alta que puede avisarte de cuándo y dónde puedes encontrarlo.
El hombre se alejó, dejando a todos tan incómodos que nadie se atrevió a hablar. La fiesta comenzó después con risas y música, llenando el aire. Pero en el fondo de su memoria, Álvaro no olvidaría las palabras de Ferrán.
Esa noche, mientras los aldeanos cantaban y bebían, el joven observó la plaza desde donde algunas hermosas jóvenes le miraban. Mientras él debatía si salir a bailar o no, otro extraño entró en la plaza del pueblo. Iba muy bien cuidado y, extrañamente, con poca ropa. La música cesó al escuchar los gritos del señor: “¿¡Quién es el indeseable que me ha robado la ropa y mis monedas de oro!?”