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XXXIII Concurso Internacional y Escolar de Cuentos Valentín Andrés.

XXXIII Concurso Internacional y Escolar de Cuentos Valentín Andrés.
Nuesta alumna Marlene Álvarez Lazar ha sido premiada con el primer premio en el XXXIII Concurso Internacional y Escolar de Cuentos Valentín Andrés (categoría C) con el relato Eco del pasado. 

ECO DEL PASADO

La lluvia caía con una constancia metódica sobre la ciudad de mármol y vidrio. Una lluvia tibia, casi reconfortante, aunque el cielo pendía sobre las azoteas como una losa de plomo. El sonido del agua resbalando por las aceras, goteando desde los aleros, componía una sinfonía monótona y melancólica. En ese paisaje líquido y gris, Patroclo caminaba. Sus pasos eran suaves, indecisos, apenas un susurro contra el pavimento mojado. La ropa se le pegaba al cuerpo como una segunda piel fría, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el de las hojas aplastadas y el asfalto caliente. El viento traía ráfagas de humedad que se adherían a su rostro, y cada gota era un pequeño golpe, una caricia helada.

Había llegado a esta ciudad hacía apenas una semana. Las luces de neón temblaban sobre los charcos, y el bullicio de las avenidas se elevaba en oleadas, un coro caótico de voces, motores y sirenas. El aire estaba cargado de promesas y amenazas, de algo eléctrico y vivo, pero también marchito. Era una ciudad que parecía respirar con dificultad, como si estuviera a punto de ahogarse en su propia vorágine. Y sin embargo, le resultaba inquietantemente familiar. Como un sueño recurrente del que no lograba desprenderse.

El café donde se refugió era un capullo cálido en medio de la tormenta. La puerta se cerró tras él con un tintineo suave, y el cambio de temperatura fue un golpe que le arrancó un escalofrío. El aire olía a café recién hecho, a pan tostado y a azúcar quemada, una mezcla densa y reconfortante. Las conversaciones flotaban como murmullos, risas apagadas, el roce de tazas contra platos. Patroclo se sentó junto a la ventana empañada, observando las siluetas distorsionadas que pasaban al otro lado del vidrio, sombras informes bajo la lluvia.

Y entonces lo vio.

Aquiles.

No sabía cómo se llamaba, no todavía, pero el nombre brotó en su mente con la fuerza de una certeza. Lo sintió antes de entenderlo, como si algo antiguo despertara en su sangre. Aquiles estaba apoyado contra la barra, hablando con el camarero, y había algo en él —en la forma en que inclinaba la cabeza, en la curva de su sonrisa— que le resultaba dolorosamente conocido. Su presencia era un incendio contenido, una tormenta esperando desatarse. Había una belleza feroz en su rostro, en sus movimientos, una mezcla de arrogancia y gracia que atrapaba la mirada como un anzuelo.

El corazón de Patroclo dio un vuelco. Intentó apartar la vista, pero fue inútil: estaba atrapado.

El sonido de la puerta al abrirse dejó entrar una ráfaga de aire húmedo y el tintineo agudo de la campana. Aquiles giró la cabeza hacia la entrada y en ese movimiento sus ojos se encontraron. Y fue como un impacto. Un golpe seco, directo al pecho. Por un segundo, el tiempo se suspendió. El café, las voces, la lluvia… Todo se desvaneció en un murmullo lejano. Solo quedaron ellos dos, separados por unos metros y una eternidad.

No se acercaron. No hablaron. Pero la sensación quedó, afilada y persistente, como una astilla bajo la piel. Como el eco de una canción escuchada en sueños.

Esa noche Patroclo soñó con campos de batalla. Con gritos y acero. Y con un rostro que era a la vez extraño y conocido, bañado en sangre y lágrimas.

El primer encuentro fue breve, un roce de miradas en medio del café abarrotado. Pero después de eso los encuentros se sucedieron como si el destino jugara con las casualidades. Había algo inquietante en esa repetición, en la forma en que las coincidencias parecían demasiado precisas para ser accidentales, como si una fuerza invisible estuviera tejiendo sus hilos con una intención que ellos aún no comprendían.

El segundo encuentro fue en la biblioteca, entre estanterías polvorientas y el aroma penetrante de papel viejo y madera gastada. El lugar estaba en penumbra, apenas iluminado por lámparas amarillas que proyectaban sombras largas y quebradizas. Patroclo había estado hojeando un ejemplar gastado de la Ilíada cuando una voz rompió el murmullo de sus pensamientos:

—¿Te gusta Homero? —preguntó Aquiles, con una sonrisa ladeada.

El sonido de su voz fue un golpe inesperado, un filo que cortó el aire pesado. Patroclo alzó la vista, y su estómago se encogió al reconocer esos ojos dorados. Había algo en ellos, una mezcla de desafío y curiosidad, como si siempre estuviera a punto de sonreír y atacar al mismo tiempo. Sintió cómo una tensión sutil se extendía por su cuerpo, como si un hilo invisible tirara de él hacia ese chico.

—Bastante —respondió, esforzándose por sonar casual, pero su voz le salió más baja, más temblorosa de lo que quería.

—¿Cuál es tu parte favorita? —insistió Aquiles, inclinándose ligeramente hacia él, invadiendo su espacio con una naturalidad desarmante.

Patroclo tragó saliva, sintiendo el peso de esa cercanía. Pensó en las batallas, en la furia, en la pérdida, en la lealtad brutal que unía a los héroes incluso cuando todo se desmoronaba.

—Cuando luchan juntos. Cuando confían el uno en el otro sin reservas.

El silencio que siguió fue denso. Aquiles lo miró con una intensidad nueva, como si esas palabras hubieran tocado algo profundo, algo enterrado.

—Buena respuesta —murmuró con una sonrisa apenas perceptible.

Después de eso parecía imposible no encontrarse: en la tienda de discos, cuando sus manos se rozaron buscando el mismo álbum de música clásica; en el parque, donde Patroclo leía bajo un árbol y Aquiles apareció corriendo, con el cabello empapado de sudor y una energía vibrante que lo rodeaba como un halo.

—¿Te molesta si me siento? —preguntó Aquiles, sin esperar respuesta, dejándose caer junto a él con una facilidad descarada.

—No.

El silencio que se instaló entre ellos fue cómodo, extraño en su naturalidad. El sonido de las hojas mecidas por el viento y el canto lejano de un pájaro llenaban los huecos, como si el mundo se ajustara a su ritmo.

A veces hablaban; otras veces no hacía falta, pero cuando lo hacían, las palabras fluían con una facilidad sorprendente, como si siempre hubieran estado ahí, esperando ser dichas.

—¿Por qué viniste a esta ciudad? —preguntó Aquiles una tarde mientras caminaban junto al río. El agua reflejaba el cielo plomizo y el viento arrastraba el olor metálico de la lluvia.

Patroclo dudó. Sus pasos se ralentizaron, fijos sus ojos en la corriente inquieta.

—Quería empezar de nuevo, dejar cosas atrás.

—¿Y lo lograste?

—Aún no. Aquiles lo observó y en su mirada había una mezcla de curiosidad y algo más oscuro, más complejo, algo que Patroclo no podía nombrar. Los días se convirtieron en semanas. La distancia entre ellos se fue acortando hasta ser casi inexistente. Las caminatas bajo la lluvia se volvieron habituales, sus conversaciones se alargaban hasta el anochecer y el mundo fuera de esa pequeña burbuja comenzó a desdibujarse. Era peligroso. Y hermoso. Las semanas pasaron como un suspiro y como una eternidad. La cercanía entre Patroclo y Aquiles se convirtió en algo inevitable, una fuerza de gravedad que los atraía sin remedio. Cada mirada era un roce; cada conversación, una batalla disfrazada de tregua. Pero también había algo más, algo oscuro y antiguo latiendo bajo la superficie, como si ambos supieran que el tiempo se estaba agotando, aunque no pudieran nombrar la razón. Y así, el día en que el viento trajo el olor a sal y tormenta, Patroclo supo que algo estaba a punto de cambiar para siempre. El viento olía a sal y tormenta. Bajo el cielo plomizo, las olas se rompían contra la costa con una furia ancestral y el rugido del mar llenaba el aire como un canto antiguo. Patroclo estaba allí, de pie en la orilla, con los pies hundidos en la arena húmeda y fría, el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra. A lo lejos, una silueta avanzaba hacia él. La reconoció al instante: Aquiles. Con el viento agitando su cabello, con el paso firme y decidido de alguien que conoce su destino y lo acepta, aunque duela. Cuando llegó hasta él, sus ojos dorados estaban llenos de algo insondable, un brillo que mezclaba desesperación y ternura.

—¿Por qué me duele tanto? —preguntó Aquiles con la voz apenas audible sobre el estruendo de las olas. Patroclo no respondió enseguida. El aire olía a sal y a algo más, algo metálico y antiguo, como la sangre seca en una espada. Su piel estaba erizada; cada célula era consciente de la cercanía de Aquiles, del calor que irradiaba su cuerpo, incluso en el frío cortante de la tormenta.

—Porque ya nos hemos perdido antes —susurró Patroclo finalmente—. Y sabemos que va a volver a pasar. El silencio se extendió entre ellos, pesado como una profecía. Aquiles dio un paso más cerca y la electricidad en el aire se intensificó. El viento les arrancaba la respiración, el sabor salado del mar se pegaba a sus labios y cada latido era una cuenta regresiva

—¿Por qué? —insistió Aquiles con una nota de desesperación en su voz—. ¿Por qué siempre tiene que terminar así?

—No lo sé —dijo Patroclo, y su garganta se cerró alrededor de las palabras—. Pero no quiero volver a perderte.

La distancia entre ellos desapareció en un instante. El beso fue como una tormenta, urgente y desesperado, lleno de años de dolor y anhelo acumulado. Las manos de Aquiles se aferraron a su rostro, como si temiera que Patroclo desapareciera si lo soltaba, y Patroclo lo abrazó con la misma intensidad, sintiendo cada curva, cada músculo, cada latido como una promesa rota. El mundo se desvaneció. Solo quedaron ellos, el sabor del mar en sus bocas, el calor de sus cuerpos luchando contra el frío, la presión de las manos que se negaban a soltar. Y cuando se separaron, con la respiración entrecortada, sus frentes se quedaron pegadas; los ojos cerrados, como si abrirlos significara romper el momento.

—¿Y si esta vez no nos perdemos? —susurró Aquiles con la voz temblorosa. Patroclo quiso creerle. Quiso aferrarse a esa esperanza como a un salvavidas. Pero el viento seguía oliendo a tormenta y sangre y en lo más profundo de su alma sabía la verdad.

—Entonces tendremos que aprovechar el tiempo que nos quede —dijo, y cuando abrió los ojos, vio la tristeza reflejada en el rostro de Aquiles. La primera gota de lluvia cayó sobre sus mejillas como una lágrima. Y en ese momento, con el mar rugiendo a sus pies y el cielo partiéndose en relámpagos, supo que no había vuelta atrás. Pero también supo que, por efímero que fuera, ese amor lo valía todo.

Autora: Marlene Álvarez Lazar

 

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